El Holocausto Nazi

El campo de concentración fue la primera institución modélica del holocausto nazi. El campo, de ninguna forma, no se puede compara con una prisión. En los campos nazis no había restricciones legales. El llamado “imperio de la ley”, ya de por si totalmente arbitrario en el régimen *hitlerià, se paraba justamente a las puertas de aquellos infiernos. Fue un invento diabólico de los nazis que se puso en funcionamiento al poco de su llegada al poder.

Con motivo del incendio de Reichstag se construyeron los primeros campos de concentración para cerrar los 2.500 comunistas, sindicalistas y socialdemócratas detenidos. Muchas veces eran adaptaciones de antiguos edificios, asilos o fábricas abandonadas, como el de *Dachau en las afueras de Múnich. Dachau, bajo el mando de Eicke, funcionó como una “academia de terror” para los futuros comandantes otros campos.

Aunque los campos de concentración se construyeron casi al mismo tiempo que se produjo el ascenso de Hitler al poder, no fue hasta muy empezada la guerra cuando se empezaron a construir decenas de grandes campos de trabajo y exterminio, sobre todo en la Europa oriental: entre 1942 y 1942, se crearon, por ejemplo en Sobibor, Polonia, Treblinka, Majdanek y Auschwitz.

Centenares de miles de víctimas fueron trasladadas en trenes, como animales, durante aquellos años. Los líderes de las comunidades judías en cuestión solían comunicar a los desventurados incluidos en las listas del lugar y el día de la partida y las penitencias mínimas que podían traer con ellos: 60 marcos, algo para comer y maletas de 50 kilogramos como máximo.

Llegado el día, eran confinados en algún espacio vigilado por un fuerte despliegue policial y miembros de las SS. Allá, después de de registrarlos, se los requisaban joyas, dinero, medicinas, roba prohibida. Después de dormir algunas noches en tierra -sin calefacción, pero ocasionalmente con serrín-, llegaban los trenes y, entre gritos y golpes, eran amontonados en vagones de transporte de ganado. Además hay que destacar un dato importante: aquel viaje hacia la muerte era pagado por las mismas víctimas, a razón de cuatro céntimos de marco por kilómetro. Los niños menores de diez años, pero, viajaban gratis.

Después de viajar amontonados -a veces durante días- en condiciones difícilmente imaginables, cuando llegaban al campo, los prisioneros eran sometidos a nuevas humillaciones entre golpes e insultos. Los hombres eran separados de las mujeres y los niños. Un nazi, generalmente un médico de las SS, miraba rápidamente a cada persona para decidir si estaba bastante sana y fuerte para realizar trabajos forzados. Este oficial de las SS después señalaba a la izquierda o la derecha. El que las víctimas no sabían es que estaban siendo seleccionadas para vivir o morir. Los bebés y los niños pequeños, las embarazadas, los ancianos, los discapacitados y los enfermos tenían pocas posibilidades de sobrevivir en esta primera selección.

Quienes habían sido seleccionados para morir eran traídos a cámaras de gas. Para evitar el pánico, los guardias de los campos los decían a las víctimas que iban a ducharse para sacar los piojos. Los guardias los indicaban que entregaran todos sus objetos de valor y que se desvistieran. Después eran traídos nudo hacia las “duchas”. Un guardia cerraba una puerta de acero. En algunos centros de exterminio, se introducía por tubos monóxido de carbono en la cámara. En otros, los guardias de los campos echaban gránulos de “*Zyklon B” por un conducto de aire. El Zyklon B era un insecticida sumamente tóxico que también se usaba para matar ratas e insectos. En general, después de unos minutos de haber ingresado en las cámaras de gas, todos morían por falta de oxígeno.

Los supervivientes, permanecían de pie, en la intemperie, los rapaban al rape, los obligaban a vestir el uniforme y a partir de aquel momento eran bautizados con un número. Después, bajo vigilancia, los prisioneros eran forzados a transportar los cadáveres en una sala cercana, donde los sacaban el cabello, los dientes de oro y las amalgamas. Los cuerpos eran quemados en hornos en los crematorios o enterrados en fosas comunes.

El día de un prisionero empezaba a las 4:15 en verano y una hora más tarde en invierno. Los trabajos eran diversos: picar piedra, hacer ladrillos, cavar zanjas, clasificar ropas de los asesinatos a las cámaras, excavar bunkers subterráneos, construir vías de tren, etc.

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El almuerzo de los prisioneros consistía en un trozo de pan, de la ración que cada uno recibía todos los días y, o muy medio litro de sopa clara, o muy medio litro de “café” sin leche y sin azúcar. Las raciones se repartían en los diferentes bloques en diferentes momentos: en algunos por la tarde, en otros por la mañana. El que la recibía por la tarde y la comía inmediatamente se quedaba sin pan para el desayuno, lo cual tenía cierta importancia.

Seguidamente, los ocupantes de los bloques se reunían, en una indicación, en las calles del campo y marchaban en juntas filas de ocho al patio de revista. En el amanecer, iluminadas por los fuertes reflectors de las torres, miles de personas miserables, vestidas a rayas, columna después de columna. En el patio de revista, cada bloque tenía un lugar determinado. La revista de la mañana, en la cual se contaba a todos los prisioneros, duraba, en general, una hora, hasta que se hacía bastante de día para poder empezar a trabajar. Si en el recuento no faltaba nadie, si en cambio, por otro lado, faltaba algún prisionero, tenían que permanecer allí hasta que apareciera.

Se trabajaba o bien hasta entrada la tarde, con una pausa a mediodía al aire libre de media hora -estuvo prohibido durando mucho tiempo traerse pan-, o bien volvían las cuadrillas al campo durante media hora o por tres cuartos, para tomar el almuerzo. Esta única comida caliente del día -el cual era totalmente insuficiente- consistía, en general, en un litro de cocido con más o menos sustancia. En total eran administradas aproximadamente unas 1.000 o 1.500 calorías diarias. Esta desnutrición provocó que muchas personas acabaran teniendo un aspecto físico sumamente consumido y que era totalmente incapaz de llevar a cabo trabajos duros. A aquellas personas más abatidas y derrumbadas por la vida en el campo eran denominadas “musulmanes”.

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El musulmán era un ser humano abatido, derrumbado por la vida en el campo, una víctima de lo extermine a paso. Se trataba de un preso que sólo recibía la comida del campo sin tener la posibilidad de procurar nada, y que perecía en el transcurso de unas pocas semanas. La hambre crónica generaba un debilitamiento físico general. Sufría una pérdida de musculatura, y sus funciones vitales se reducían al mínimo existencial. El polos se alteraba, la presión arterial y la temperatura disminuían, temblaba de frío. La respiración era más lenta, la voz se debilitaba, cada movimiento significaba un gran esfuerzo.

Cuando se sumaba la diarrea provocada por la hambre, el decaimiento se producía todavía más rápidamente. Los gestos se volvían nerviosos y descoordinados. Cuando permanecía sentado, el tronco se tambaleaba con movimientos incontrolados; a la hora de andar ya no era capaz de levantar las piernas.

El “musulmán” ya no era amo de su propio cuerpo. Le salían edemas y úlceras, estaba sucio y olía mal. El aspecto físico de un musulmán se describía de este manera: Extremadamente delgado, la mirada apagada, la expresión indiferente y triste, los ojos profundamente hundidos, el color de la piel gris pálido; la piel se iba tirando transparente y seca, como de papel, y acababa pelándose. El pelo se volvía llevar y tés, sin brillo, y se partía con facilidad. La cabeza parecía todavía más alargado al sobresalir los pómulos y las órbitas de los ojos. También las actividades mentales y las emociones sufrían un retroceso radical. El preso perdía la memoria y su capacidad de concentración. Todo el suyo ser se concentraba en una sola meta -su alimentación. Las alucinaciones provocadas por el hambre disimulaban el hambre. Sólo registraba el que se le ponía directamente ante los ojos y sólo sentía cuando le llamaban. Se resignaba sin resistencia alguna a los golpes. En la última fase, el preso ya ni siquiera sentía ni hambre ni dolores. El “musulmán” moría en la miseria, cuando ya no aguantaba más. Personificaba la muerte en masa, la muerte por inanición, el asesinato psíquico y el abandono.

A partir de 1938, no se celebraron en Buchenwald más revistas a mediodía, pero no se descontaban ni el camino de ida ni el de vuelta del tiempo asignado a la pausa del mediodía. La distribución era diferente en cada campo de concentración, pero se movía más o menos dentro del marco indicado.

Después de acabar el trabajo -en invierno alrededor de las cinco de la tarde, en verano alrededor de las ocho-, tenía lugar la marcha de regreso; de nueve filas de cinco, los prisioneros se dirigían a la revista de la tarde, desfilando ante la banda del campo, que tenía que tocar alegres canciones junto al portón. La jornada incluía un rosario constante de desgracias y crueldades: guardias que tiraban gorras de prisioneros por encima de los cables limítrofes porque sus compañeros de las oteas los dispararan cuando iban a recuperarlas.

Las revistas de recuento eran en todos los campos el terror de los prisioneros. Después de trabajar duramente, cuando todo el mundo deseaba el merecido descanso, había que estar horas de pie en el patio de revista, a veces con un tiempo tempestuosos, con lluvia o con viento, hasta que la SS acababa de contar a sus esclavos, comprobando que no se había escapado ninguno por el camino. Aunque solamente faltara un prisionero, había que leer en voz alta, con ayuda de los intérpretes, centenares de nombres y de números de los diferentes bloques. A esto había que añadir, a veces, los gritos y golpes de los furiosos secuaces de la SS. Por todo esto era extraño que la revista de la tarde durara menos de una hora y media.